La joyería siempre ha sido sinónimo de elegancia, buen gusto y
prosperidad. En cierto modo, símbolo de status, de lujo. Un complemento
del vestir. Considerada una inversión, una seguridad económica y en
tiempos de recesión y de guerra, efectivo “constante y sonante”.
A través del tiempo, sus estilos y diseños han marcado junto con el
resto de las artes, un período específico siempre influenciado por la
moda del momento. Representa una época, su cultura y un pedacito de la
historia y costumbres de la humanidad. Así mismo, las diferentes gemas
utilizadas en joyería guardan entre sí significados simbólicos muy
curiosos. Éste, sin embargo, será un tema para otro artículo.
Lamentablemente, con el tiempo, la joyería antigua ha desaparecido en
gran parte ya que, al pasar de moda, se deshacían las joyas
desengastando las gemas y fundiendo los metales para producir cosas más
novedosas o acordes con la influencia del momento. Por esta razón,
joyería de alta calidad de finales del siglo XVIII y principio del siglo
XIX, que además se encuentre en su estado original, se cotiza a valores
muy altos en subastas y anticuarios, especialmente si la pieza
pertenece a alguna firma de renombre o de notable procedencia.
Recorreremos brevemente algunos de estos periodos en la historia de la
joyería, con el fin de comprender tanto el porqué de su estilo, como
para ubicarnos en el tiempo.
Es difícil ubicar una pieza de joyería en un tiempo exacto, ya que los
estilos al finalizar un período e iniciar el siguiente, se traslapaban.
Es decir, aún cuando había finalizado una etapa, se continuaba
produciendo el estilo anterior. Por ejemplo, los retratos en esmalte
miniatura. Eran considerados una pieza sentimental y, al no existir la
fotografía aun, se hacían en broches o colgantes de oro o plata que
contenían el retrato del ser amado o un trozo de su cabello, una
costumbre de finales del siglo XVIII, la cual continuó en auge en el
siglo XIX de la Era Victoriana.
De 1760 a 1837, surge el período Georgian (Jorge III y IV) y el Regency en Gran Bretaña.
A principios de esta época, la joyería era principalmente status de
nobleza y realeza, alcanzable para muy pocos. La tendencia repuntaba
hacia lo recargado y muy elaborado. No faltaba en los joyeros de las
nobles damas los ornamentos para el cabello, los emotivos relicarios con
retratos o un trozo de cabello, los collares cortos de diamantes, los
broches, los aretes largos estilo chandelier, o los “pendeloques” que
consistían en tres diamantes o piedras de color en forma de gota,
suspendidos por algún elemento floral o un lazo central.
En
esta época, empezaron a engastarse los diamantes sobre una base
abierta, pero las piedras de color cómo granates, topacios, rubíes,
esmeraldas, etc. continuaban engastándose sobre una base tapada con el
fin de colocar una lámina de color en el fondo, mejorando así su color
natural. Los engastes de piedras de color con fondos abiertos intentaron
aparecer en 1800, pero no fue hasta 1840 que este tipo de engaste
empezó a realizarse a gran escala.
Otro elemento en la joyería de esta época era el “cannetille”
suplantando la filigrana cuando ésta pasaba de moda. Consistía en un
tipo de filigrana enrollada en forma de espirales o rosetas muy pequeñas
que, en conjunto, formaban una pieza completa. Tanto la filigrana como
el cannetille fueron procesos que surgieron forzosamente a raíz de la
crisis y la escasez del oro en este período. Se lograba mediante hilos o
finas láminas de oro, repujadas o no, volúmenes mayores, más elaborados
o enmarcados, pero con menor peso de metal.


Al
siglo XVIII se le conoce como la “Era de los Diamantes”, por ser la
piedra preferida entre los nobles. Gustaban los grandes sets de
diamantes, broches en forma de lazo y aretes engastados con diamantes
“Old Mine Cut” (Técnica de cortar un diamante que consiste en una mesa
muy pequeña y un culet, o cono, abierto, al ser cortados a mano, sin la
ayuda de maquinaria alguna, su perímetro no era irregular, por lo
general mas cuadrada o rectangular).